“Juventud, divino tesoro, ¡Ya te vas para no volver!”. ¿Quién no ha oído este verso de Rubén Darío alguna vez en su vida? Seguramente en el colegio nuestros profesores de lengua nos hicieron aprender de memoria este poema, pero en ese momento no entendíamos bien su contenido. Ahora es probable que lo entendamos un poco más, pero aún así, me atrevo a decir que no del todo. A veces, incluso nos puede parecer ir por la calle escuchando suspiros de la gente mayor que nos miran sentados en un banco pasar. ¿Por qué será? Porque ven en nosotros lo que ellos un día fueron y estoy segura de que nos gritarían a gran voz que no malgastemos nuestra vida, que no hagamos con ella lo que queramos y que aprovechemos cada minuto para hacer cosas que de verdad valgan la pena. Y todo esto, ¿por qué? Porque han vivido lo mismo que nosotros y, por sus años de experiencia, nos dirían qué cosas no nos llevan a ningún sitio y aquellas con las que podemos triunfar. Creo que los jóvenes tenemos que tener esto un poco más en la cabeza, pues a veces no escuchamos a los mayores porque creemos que nos van a imponer una forma de vida o que al decirnos “no” en algo que queremos hacer nos están quitando la libertad, pero lo único que hacen es guiarnos por el buen camino, cosa que tenemos que empezar a descubrir. Nos quieren hacer ver que vida solo hay una y que, o la aprovechamos bien o es tiempo perdido.
Los mayores cuando hablan de sus vidas parecen emocionarse. Les viene a la mente un sinfín de recuerdos y experiencias de una vida pasada, a la cual, creo yo, recurrirán muchas veces en su vejez para sacar fuerzas de donde no las hay. Nos parece mentira que la gente diga que la vida pasa sin darse uno cuenta y, parece ser, que corre mucho más según pasan los años. Pero si cada uno de nosotros volvemos la vista atrás somos capaces de reconocer que, sin haber vivido mucho todavía, parece que fue ayer cuando jugábamos a mamás y a papas en el colegio, cuando nació tu hermano o hermana pequeña con quien hacías mil travesuras, cuando estábamos agobiados con la selectividad o bien, cuando empezábamos a estudiar la carrera en esta universidad. Y sin embargo, de todo esto hace ya unos cuantos años. Ahora es cuando me estoy dando cuenta de que hay razones más que suficientes para emocionarse ante los propios recuerdos de la vida pasada, ya que, cada persona es única e irrepetible y por lo tanto, cada uno se configura su vida según lo que elija y, esas elecciones, hacen que la gente sea feliz o no en la tierra.
Sin embargo, hay que contar con que los jóvenes tenemos muchos ideales, ganas de “comernos el mundo”, triunfar, ser algo en la vida que nos defina por lo que somos, etc., pero todas esas cosas no se consiguen con un abrir y cerrar de ojos, sino que es en esta etapa donde tenemos que ir tomando esas decisiones propias, sabiendo qué es aquello que perseguimos o queremos para nuestro futuro. Más que nada porque, de esas decisiones, aunque no nos demos cuenta ahora, vendrán consecuencias buenas o malas. Por así decirlo, la juventud es el principio de nuestra propia vida, así que más vale forjarla bien desde el principio para que luego, cuando volvamos la vista atrás, podamos decir como esas personas mayores: “No cambiaría ni un solo minuto de mi vida”.


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